
La transformación financiera de África, locomotora del desarrollo del continente
Hablar de África es hablar de un continente plagado de contrastes del que emergen realidades muy diversas, que conviven unidas en torno a un fin permanente de crecimiento y superación. Nunca fue tierra de logros sencillos, pero cada vez lo es más de oportunidades. Especialmente en algunos sectores estratégicos, como el financiero, que en los últimos años han dado pasos importantes para liderar el desarrollo económico de la región.
La evolución que ha experimentado el panorama bancario de África a lo largo de los últimos años explica, en gran medida, el auge de un ecosistema que encontró en la crisis financiera global de 2008 su gran palanca. En aquellos años, las entidades europeas y estadounidenses —que hasta entonces capitalizaban el mercado africano— iniciaron una retirada progresiva de actividades en la región, dando paso a vacíos de mercado que fueron ocupando bancos surgidos de las economías más desarrolladas del propio continente.
Esa semilla ha germinado de forma notable en el último lustro, extendiendo sus raíces por todo un sector que se ha apoyado en la tecnología como motor de impulso. Así lo corrobora, por ejemplo, el último informe presentado por el Banco Europeo de Inversiones (BEI), que señala que sólo entre 2020 y 2024 el número de empresas Fintech se triplicó en África, contribuyendo a favorecer el acceso a la financiación en todo el continente.
No es el único indicador que muestra esta tendencia. Los mercados financieros africanos han registrado una expansión también en otros ámbitos, como el de las bolsas de valores, que han pasado de ser 9 a 30 en apenas dos décadas. El Banco Mundial cifró en el año 2022 en 1,4 billones de dólares el valor de capitalización de estas bolsas, cuando en 1975 apenas alcanzaban los 24.000 millones.
Más allá de la tendencia de crecimiento descrita, resulta conveniente poner el foco en otro factor que ha jugado un papel clave en la gran transformación financiera africana: el teléfono móvil. La baja penetración de la banca tradicional, sumada a la masiva adopción de smartphones, ha dado origen a un terreno fértil para la innovación.
Como consecuencia de ello, las soluciones de banca digital han hecho posible que millones de personas hasta entonces no bancarizadas pudieran acceder a servicios financieros básicos que han revolucionado su cultura económica. El caso de M-Pesa, en Kenia, es seguramente uno de los más paradigmáticos en este sentido.
M-Pesa es un producto de telefonía móvil lanzado al mercado en 2007 por Safaricom —operador de telecomunicaciones— que ofrece a los usuarios servicios simples de pago con teléfono, envíos de dinero entre usuarios y retirada de efectivo en cajeros, entre otros. Su uso se ha popularizado tanto que en 2024 M-Pesa contaba ya con 34 millones de usuarios activos en Kenia, país con una población total de 55 millones.
Este caso, lejos de representar una anécdota, ilustra a la perfección la dinámica imperante en un mercado en franco crecimiento y que además se profesionaliza a marchas forzadas. En lo relativo a los bancos, en los últimos años se observa un fortalecimiento de los marcos regulatorios y de supervisión, algo que en otros tiempos se presentaba como el gran ‘talón de Aquiles’ del sector. El protagonismo de un puñado de entidades europeas de referencia —en su mayoría francesas— en varios puntos clave del continente ha ejercido una influencia notable en este aspecto.
La implementación de estándares internacionales de control, como los de Basilea —referenciales en nuestro sistema bancario europeo— ha ayudado a profesionalizar la gestión del riesgo y la gobernanza corporativa en las entidades africanas. Este esfuerzo regulatorio ha resultado crucial para atraer inversión, tanto interna como extranjera, y facilitar la expansión de grupos bancarios panafricanos que se hacen fuertes en torno a zonas amplias del continente.
No obstante, el camino no está exento de desafíos. La heterogeneidad del continente y las desigualdades entre entornos propician que el progreso no sea uniforme en toda África. Aún persisten brechas en infraestructura, notables problemas de acceso a la financiación para pymes y, en algunos casos, inestabilidades macroeconómicas derivadas de la situación política en algunos países.
Sin embargo, para las entidades bancarias europeas el panorama africano ofrece un océano de oportunidades, no exento de una curva de aprendizaje necesaria. La penetración en el ecosistema financiero de África exige una comprensión profunda de las dinámicas locales. También una cierta capacidad para forjar alianzas estratégicas sin imponer todas las condiciones y una visión a largo plazo en torno a una apuesta que no siempre se ajustará a los biorritmos europeos en términos de rentabilidad.
No obstante, resulta innegable la existencia de nichos interesantes en torno a la financiación corporativa, la banca de inversión para proyectos, la gestión de activos y el soporte tecnológico a un ecosistema Fintech que vuela a ritmo vertiginoso. Aquí, el know-how y la experiencia europea pueden jugar un papel valioso como complemento al dinamismo local. El sector financiero africano exhibe una capacidad de adaptación y crecimiento que lo posiciona como un mercado emergente de primer nivel. Su evolución ofrece fundamentos suficientes como para confiar en su progreso a medio plazo.




